Capítulo 32.

Esa tarde, acepte salir a comer con Armando, me llevo aun restaurante de lujo y pasamos un rato agradable, me besaba cada vez que tenía oportunidad, para él solo existía yo y eso me encantaba, después de almorzar regresábamos a la compañía.

Conversando sobre los resultados de su inversión, la empresa creció en ventas y ahora la cartera de clientes había aumentado un 200 %. Jeremías, al volante, intervenía de vez en cuando.

Al llegar, lo inesperado nos esperaba frente a la entrada principal: Jonathan Smith. El magnate que me había estado enviando regalos se encontraba allí de pie, impecable en su traje gris claro, sosteniendo una elegante bolsa de regalo en la mano. Su porte era calculado, casi arrogante.

Noté cómo Jeremías, al verlo, apretó el volante. Con un gesto breve de sus ojos en el espejo retrovisor me lo dijo todo: pobre infeliz, no sabe que está cavando su propia tumba.

Armando frunció el ceño de inmediato, y yo misma no pude evitar un gesto de fastidio.

—Por favor, déjame ma
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