AURA.
Entro en el despacho de la mansión casi sin aliento. El portazo resuena en las paredes de madera noble. Christopher levanta la vista de unos documentos, sorprendido por mi agitación.
—Es Angélica —suelto de golpe, apoyando las manos sobre su escritorio.
Él frunce el ceño, deja la pluma a un lado y se reclina en su silla, observándome con cautela.
—No te entiendo, Aura. ¿Puedes explicarme qué tiene que ver ella con todo esto? —Su voz es tranquila, pero noto la tensión inmediata en sus homb