CHRIS.
Sostengo la taza de café entre mis manos, sintiendo el calor del porcelana pero sin dejar que me relaje. Estoy sentado en la cabecera de la mesa de mármol de mi sala de reuniones privada. El silencio es mi aliado ahora mismo; es denso, pesado, el tipo de calma que precede a la destrucción total.
He dado órdenes precisas a mi secretaria administrativa. Quince minutos de diferencia. Quiero que la tensión se cocine a fuego lento.
La puerta se abre y entra Verónica. Se mueve con esa eficienc