AURA.
—¡CHRISTOPHER! —grito, un sonido desgarrado que se ahoga en el pequeño cuarto de servicio.
Justo en el instante en que mi grito de auxilio resuena, la puerta se abre de golpe. La luz cegadora del pasillo inunda la pequeña habitación oscura, rompiendo el horrible trance.
No es seguridad. Es Christopher Jones.
Su figura se recorta contra la luz. Su ropa de gala, impecable, contrasta con el caos y la sangre. Lo que veo en su rostro no es sorpresa, ni siquiera rabia de anfitrión. Es algo much