AURA.
—¡CHRISTOPHER! —grito, un sonido desgarrado que se ahoga en el pequeño cuarto de servicio.
Justo en el instante en que mi grito de auxilio resuena, la puerta se abre de golpe. La luz cegadora del pasillo inunda la pequeña habitación oscura, rompiendo el horrible trance.
No es seguridad. Es Christopher Jones.
Su figura se recorta contra la luz. Su ropa de gala, impecable, contrasta con el caos y la sangre. Lo que veo en su rostro no es sorpresa, ni siquiera rabia de anfitrión. Es algo mucho más primitivo y aterrador.
Keller se levanta de golpe, su rostro arañado y confundido, tratando de ocultar la evidencia de mi ropa desgarrada.
—¡Jones! Esto no es lo que parece, ella...
Christopher no le da tiempo de terminar la frase. El hombre que hace diez minutos acariciaba mi labio y hablaba de finanzas, desaparece. En su lugar, emerge una fuerza bruta desatada. Su grito es un rugido gutural, algo más propio de un animal que de un CEO.
—¡SUÉLTALA! —ordena, y la palabra se convierte en el