AURA.
—¡Maldición! —exclama él, mirando el whisky derramado, y luego levanta la vista y me reconoce—. Tú.
Mi mente trabaja a mil por hora. ¿Qué está haciendo aquí?
—Congresista Keller —digo, manteniendo la voz firme y fría, sin dar un paso atrás—. Qué sorpresa verlo en un evento de beneficencia.
Él ignora mi cortesía. Sus ojos se oscurecen al recordar el titular que puso fin a su vida pública.
—La pequeña mosca roja. ¿Aún revoloteando por ahí? Veo que ahora cazas presas más grandes. Te has subido al tren de Christopher Jones. ¿Te pagó él para arruinarme a mí también, o solo para que luzcas ese vestido?
—Mi trabajo es independiente. Y en su caso, la verdad no necesitó pago, congresista.
Él se inclina hacia mí, su aliento a licor y resentimiento.
—Déjame advertirte algo, niña. Jones no es un congresista fácil de derribar. Jugar con él te va a costar más que un diamante. Te va a costar la vida.
—Congresista —continúo, sin inmutarme, mirándolo directamente a los ojos—. Después del tema de