Pasamos esa primera noche turnándonos entre la habitación de recuperación y la sala de neonatología, incapaces de alejarnos demasiado tiempo de esa incubadora donde nuestra hija dormía envuelta en cables y en un silencio que, después de las horas de terror, se sentía como la música más hermosa que había escuchado nunca.
—Deberías dormir un poco —me dijo Rowan, pasada la medianoche, encontrándome despierta en la cama de recuperación, con la mirada fija en la puerta que daba hacia el pasillo.
—No