Sus dedos aún rozaban mi mejilla cuando el teléfono de Rowan vibró sobre el escritorio. Una vez. Dos. Tres. Insistente. Urgente.
Rowan no se movió. Sus ojos verdes seguían clavados en los míos, como si el mundo exterior no existiera.
—Rowan —susurré, con la voz rota—. Debes contestar.
—No importa.
—Suena urgente.
El teléfono dejó de vibrar, pero segundos después, el interfono de la secretaria se activó con un tono agudo.
—Señor Knight, disculpe la interrupción. Pero el señor Villanueva insiste