El aire de la noche me golpeó el rostro cuando salí del restaurante. Frank caminaba a mi lado, con el rostro tenso y las manos en los bolsillos.
—¿Estás bien? —preguntó, con la voz baja.
—No lo sé —respondí, y era la verdad más honesta que había dicho en toda la noche.
El trayecto hasta mi apartamento fue silencioso. Frank no insistió con preguntas, solo me acompañó hasta la puerta de mi edificio y esperó a que entrara.
—Vanesa —dijo, antes de que cerrara la puerta—. Si necesitas algo, cualquie