La luz de la mañana se filtraba a través de los ventanales de mi despacho, iluminando la pila de manuscritos que descansaban sobre mi escritorio. Habían pasado meses de trabajo, de noches en vela, de reescribir párrafos enteros hasta que cada palabra sintiera exactamente como debía.
Pero ahora, el libro estaba terminado.
Tomé el ejemplar recién impreso entre mis manos y acaricié la portada. En ella, una fotografía antigua de mi madre sonreía, con el cabello suelto al viento y los ojos brillante