El dolor llegó en oleadas que no me daban tregua entre una y otra, mientras Rowan me ayudaba a bajar las escaleras casi cargándome, gritando el nombre de Beatriz, de los chicos, de cualquiera que pudiera ayudarnos a llegar al auto antes de que la siguiente contracción me doblara por completo.
—Respira, Vanesa, respira conmigo —repetía, con una calma que sabía fingida, porque le temblaban las manos tanto como a mí.
Alessandro apareció en el pasillo, todavía en pijama, con el pelo revuelto y los