Esperé hasta el desayuno para decírselo a Rowan, no porque necesitara ensayar las palabras, sino porque quería decirlas mirándolo a los ojos, con la luz de la mañana entrando por los ventanales del comedor, sin la penumbra de la madrugada distorsionando lo que sentía.
—Quiero que quememos el contrato —dije, sin preámbulos, apenas Beatriz se retiró de la habitación.
Rowan bajó la taza de café despacio.
—Pensé que habíamos acordado esperar al momento adecuado.
—Creo que ya llegó. —Puse la mano so