La mesa del desayuno estaba inusualmente silenciosa. Rowan sostenía la taza de café con ambas manos, observando a los niños sobre el borde de la porcelana. A su lado, fingía repasar unos papeles de trabajo, aunque no había pasado de página en diez minutos.
Frente a nosotros, Eric y Alessandro devoraban sus cereales. Eran el vivo retrato de la complicidad: ambos de seis años, ambos con las rodillas raspadas por las carreras en el jardín, compartiendo un código de risas que nadie más entendía.
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