El viaje de regreso había sido largo y agotador. El avión atravesaba las nubes mientras yo sostenía el cofre de madera que el anciano me había entregado, sintiendo que el peso de los secretos de mi madre descansaba en mis manos. Pero también llevaba algo más: un pequeño frasco con tierra sagrada y una pequeña planta de "Luna de Medianoche" que la comunidad me había regalado para que creciera en la mansión.
—Ya casi llegamos —dijo Rowan, tomando mi mano—. Los niños nos esperan.
—Lo sé. —Sonreí,