El frasco de barro con la tierra sagrada pesaba en mis manos como el legado de toda una vida. Lo sostenía contra mi pecho, sintiendo que el calor de la tierra se filtraba a través del barro, como si mi madre misma me estuviera abrazando desde el más allá.
—Gracias —susurré, mirando al anciano—. Gracias por cuidar esto durante todos estos años.
El anciano me sonrió con una mezcla de tristeza y orgullo.
—No tienes que agradecerme, hija. Fue un honor proteger el legado de Elena. Ella fue una mujer