La carta de Lorenzo seguía en mi mano, sus palabras venenosas grabadas en mi mente como un eco de amenaza. Rowan la había leído dos veces, y su mandíbula se tensaba cada vez que sus ojos recorrían las líneas escritas por mi padre.
—No voy a permitir que esto continúe —dijo, con la voz fría—. Lorenzo cree que puede intimidarnos, pero se equivoca.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté, sintiendo que el miedo comenzaba a tomarme.
Rowan tomó mi mano y la apretó con fuerza.
—Vamos a enfrentarlo. En todos l