Génesis
El dolor no se va.
Solo aprende a esconderse mejor.
Después de que la vieja del bosque suelta delante de todos que la criatura que llevo dentro me está devorando por ser humana, nadie vuelve a hablarme igual. Ni Isolde, que intenta conservar su frialdad de siempre mientras me obliga a beber mezclas espesas y me revisa como si mi cuerpo fuera una casa agrietada que todavía puede sostener el techo un día más. Ni Helena, que ahora me mira con la misma vigilancia con la que observaría un ca