Cassian
Lucien ya me espera en el patio sur cuando llego.
Por supuesto.
Está apoyado contra una de las columnas de piedra, vestido de negro, con botas altas y una media sonrisa que me dan ganas de arrancarle a golpes.
—Hermano —saluda, como si lo que compartimos fuera afecto y no sangre mezclada con siglos de desconfianza—. Empezaba a pensar que ibas a dejarme fuera del espectáculo.
—No te emociones. Solo vienes porque necesito tu nariz, no tu opinión.
Lucien se incorpora con elegancia perezosa