Génesis
—Hazlo.
La voz de Lucien no suena alta.
No le hace falta.
La oigo por encima del viento, del crujido de las ramas y del martilleo brutal de la sangre dentro de mis oídos. El muchacho sigue allí, a unos pasos, inmóvil entre la niebla baja y los troncos húmedos, con la respiración agitada y el miedo pegado a la piel como un perfume dulce y terrible.
Humano.
Joven.
Perdido.
Y su corazón… su corazón late tan fuerte que me duele la boca.
Doy un paso atrás.
No adelante.
Atrás.
—No.
Lucien lad