Genesis
No lo veo al principio. Solo oigo un roce de piedra. Un susurro de aire distinto. Después una parte del muro se abre, revelando una sombra estrecha, un pasadizo que no conocía y, dentro de él, una figura envuelta en pieles negras.
La vieja del bosque.
No tengo fuerzas ni para odiarla como merece.
—No —susurro.
Ella se acerca sin prisa, con esos ojos amarillos llenos de una calma que me dan ganas de arrancarle.
—Ya no puedes quedarte aquí.
—Vete… a la m****a…
La anciana casi sonríe.
—Herm