Llegué a la base de la antena de comunicaciones, una torre de metal que se alzaba como una aguja negra contra el cielo estrellado. La puerta de la cabina de control estaba blindada, pero para alguien que había pasado años hackeando los servidores de los Hamilton, una cerradura electrónica era un juego de niños. Conecté mi terminal al panel y, tras unos segundos de tensión, el cierre hidráulico siseó.
Entré y el calor de las máquinas me golpeó. Mis dedos, torpes por el frío, empezaron a bailar s