Seis meses después, la costa de Amalfi brillaba bajo un sol que no conocía la nieve ni los contratos de sangre. En la terraza de una villa que legalmente no existía, el sonido de las olas era la única banda sonora.
Dante estaba sentado frente a una mesa de mármol, vistiendo una camisa de lino blanca y desabrochada, muy lejos de los trajes rígidos de su vida anterior. Pero su mirada seguía siendo la misma: afilada y calculadora. Frente a él, Mía sostenía una tablet con una concentración que daba