—¡Sasha, muévete! —Dante no esperó a ver el fuego. Me agarró de la cintura y me lanzó hacia un saliente rocoso justo cuando el sonido del choque se transformaba en algo mucho más aterrador: el crujido de mil toneladas de nieve desprendiéndose por encima de nosotros.
La avalancha bajó como una pared de mármol blanco, devorándolo todo a su paso. El estruendo era absoluto. Cerré los ojos mientras Dante me cubría con su cuerpo, empujándome contra la roca sólida. Sentí el golpe de la nieve, el frío