El Coronel Julián Almagro, el hombre cuyas medallas hacían eco en los pasillos del alto mando, colgó su uniforme en una percha de madera y cerró el armario con un golpe seco. Por primera vez en diez años, vestía una simple camisa de lino blanca y pantalones oscuros. Se veía más humano, pero sus ojos seguían manteniendo esa intensidad de quien ha visto demasiadas batallas.
Había alquilado una cabaña en los acantilados del Norte, lejos del ruido de las botas marchando y de la red de espionaje del