El sonido rítmico del respirador era lo único que llenaba la habitación de la unidad de cuidados intensivos. Julián Almagro no se había quitado el uniforme en cuarenta y ocho horas. Sus charreteras, antes impecables, estaban torcidas, y su rostro, siempre afeitado a la perfección, mostraba una barba descuidada de varios días.
No se había movido del lado de Bianca. Ni siquiera cuando el consejo militar lo llamó para declarar sobre el fraude de Elena. Ni siquiera cuando su suegro, Rodrigo, intent