El gas lacrimógeno picaba en los pulmones de Bianca, pero la adrenalina era más fuerte. Julián no la dejó escapar sola; la arrastró hacia la armería improvisada que escondía bajo la tarima. Le entregó una pistola ligera y un cuchillo táctico.
—Sabes usar esto —dijo él, no como una pregunta, sino como un recordatorio de sus días de rebeldía en el campo de tiro del distrito—. No dudes. Si ves a alguien que no sea yo, dispara.
—No pensaba hacerlo, Julián —respondió ella, revisando el cargador con