El valle de las sombras se tiñó de un rojo infernal. El ejército de Silas avanzaba como una marea de colmillos y odio, destruyendo todo a su paso. Silas, en su forma de lobo negro gigantesco, encabezaba la carga. Sus ojos dorados habían desaparecido, reemplazados por un vacío oscuro que solo buscaba una cosa: el rastro de Selene.
Cuando llegaron a la entrada del santuario, se detuvieron. Selene estaba allí, sola, en medio del camino nevado. No estaba transformada, no tenía armas. Solo vestía un