—¡Corre, Sasha! —Dante me agarró de la mano, tirando de mí hacia un saliente de roca que ofrecía una cobertura precaria—. Si esa luz nos toca, estamos muertos antes de que escuches el disparo.
Nos pegamos a la piedra húmeda. El helicóptero pasó justo por encima, haciendo que la nieve acumulada en las ramas cayera sobre nosotros como polvo de cristal. Dante estaba jadeando, pero su agarre en mi mano no flaqueaba. Estaba hirviendo, su calor corporal era lo único que me mantenía consciente en medi