Un mes después de salir del hospital, Santiago y yo nos instalamos en una pequeña casa en las afueras de Madrid, rodeada de campos de olivos y jardines llenos de jazmines. La casa tenía paredes pintadas de amarillo claro, ventanas grandes que dejaban entrar toda la luz del sol, y un huerto donde yo podía plantar orégano, tomillo y las rosas blancas que tanto me gustaban. Aquí, no había guantes, no había desinfectante en cada esquina, no había reglas que me impidieran ser yo misma. Cada mañana,