Cuando mis ojos volvieron a abrirse, no estaba en las profundidades del agua, sino en una habitación blanca, con la luz del sol filtrándose por las cortinas. Un médico me sonrió con calma: “Lo lograste. Estuviste a punto de desaparecer, pero alguien te sacó a tiempo.” Mis manos temblaron al tocar las sábanas; el recuerdo del agua helada aún me acechaba, pero había algo nuevo en mi pecho: una sensación de alivio.
Poco después, entró Santiago. Su rostro estaba marcado por la preocupación, pero al