El aire en los aposentos de Valerik todavía vibraba con el rastro del ozono y la ceniza de los Caminantes. Yo sentía mi palma arder, la herida que me hice para salvarlo se cerraba a una velocidad antinatural, dejando solo una línea plateada.
—Grim —llamó Valerik con un susurro ronco.
Su sombra, que había estado errática, se solidificó de nuevo a sus pies. El Primus se puso la túnica desgarrada y me lanzó una capa de cuero pesado.
—Tenemos que salir de aquí. Si el Consejo de Alfas se entera de q