La habitación era un torbellino de jirones negros y chispas de acero. El segundo Caminante del Velo se lanzó sobre mí, sus garras rozando mi mejilla, dejando un rastro de frío gélido que entumeció mis músculos. Valerik rugió, atravesando a la criatura por la espalda con su espada pesada, pero el esfuerzo lo hizo colapsar.
Cayó de rodillas, sujetándose el pecho. La herida negra en su corazón palpitaba con una furia violenta, emitiendo un humo denso que parecía estar asfixiándolo.
—¡Valerik! —gri