El carruaje negro vibraba con el forcejeo de mi hermano, pero los guardias no se inmutaron. Uno de ellos, un tipo corpulento con una cicatriz que le cruzaba el ojo, se rió mientras le propinaba un golpe seco a mi hermano para silenciarlo.
—¡Basta de llorar, cachorro! Valdrás oro en el mercado de esclavos del Sur —gruñó el hombre.
Ese fue el error final.
Algo dentro de mí se rompió. No fue el corazón; fue la jaula que el tatuaje de ceniza de mi cuello había mantenido cerrada durante años. El cal