La lluvia seguía cayendo sobre la acera, mojando mi ropa y mezclándose con las lágrimas que ya no retenía. Salí del club Eclipse y me senté en un banco, mirando cómo los coches pasaban, sus faros creando reflejos borrosos en el pavimento. Tomás salió tras mí, llevando un paraguas. «Ven —dijo, cubriéndome—. No debes quedarte aquí mojada.» No opuse resistencia; me levanté y lo seguí hasta su coche.
Mientras conducíamos, el silencio reinó entre nosotros. Finalmente, Tomás habló: «¿Adónde te llevo?