El silencio se instaló en la mesa como un muro, tan denso que casi se podía tocar. Mis ojos, aún turbios por el alcohol, se clavaron en los dados que yacían bajo el cubilete. Valeria seguía gritando, sus ojos abiertos de par en par, mientras Mateo se quedaba inmóvil, como petrificado. Tomás, con la mano temblorosa, levantó el cubilete completamente, exponiendo los resultados al resplandor neón del club.
Dos seises. Otro doce. La puntuación máxima.
«Imposible —susurró Valeria, retrocediendo hast