Julian no había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el contacto de la piel húmeda de Clara contra sus dedos. Se había pasado la noche reorganizando su estantería de libros por colores y alturas, un síntoma claro de que su paz mental estaba herida de muerte.
A las ocho de la mañana, estaba en su escritorio, impecable en un traje azul noche, intentando ignorar que le faltaba su chaqueta favorita.
Entonces, el aroma lo golpeó. No era jazmín, era algo más terrenal: canela y café tostado.