La ciudad de acero y cristal no perdonaba. A las once de la noche, una tormenta eléctrica estalló sobre el edificio, transformando la terraza en un caos de viento y agua. Julian estaba en su oficina, revisando contratos, cuando vio el destello de un rayo iluminar la figura de Clara allá afuera. Estaba sola, empapada, intentando cubrir con una lona las plantas más delicadas que acababa de traer.
—Maldita sea, Soler... —gruñó Julian, dejando caer su pluma.
Salió a la terraza. El frío le caló los