La noche cayó sobre la mansión Castellanos con un frío que se metió por las rendijas. Después de la consulta, mi cuerpo pesaba como plomo, pero mi mente volaba, repasando las palabras del Dr. Ruiz —palabras sin sentido, llenas de piedad que no quería. Me acosté en la cama, mirando el techo, hasta que el susurro del viento mezclado con un ruido extraño me hizo levantar la cabeza.
Era un golpe suave en la ventana, luego otro. Me levanté con cautela y miré hacia fuera: la figura de un hombre oscur