El médico llegó a la mansión Castellanos poco después de medianoche, su coche blanco aparcándose junto al de los padres. Era un hombre de mediana edad, con gafas gruesas y manos calmadas, que se presentó como el Dr. Márquez —aunque más tarde supe que mi padre había contratado al Dr. Ruiz, un especialista en trastornos emocionales, para una evaluación más profunda al día siguiente. Esa noche, el Dr. Márquez solo me hizo algunas preguntas, revisó mis pulmones (irritados por el cloro) y recetó cal