Las sirenas se acercaron hasta la mansión Castellanos con un estrépito que resonó en los pasillos vacíos, sus luces azul y roja bañando las paredes blancas en colores de alerta, como si la casa misma estuviera bajo juicio. Cuando los agentes entraron en mi habitación, sus botas hacían ruido sobre el parqué pulido, y sus miradas escrutadoras se posaron en cada rincón: en la navaja abandonada en el suelo, en el cristal roto de la ventana, en nosotros, un grupo de personas aturdidas por las revela