Después del enfrentamiento en el salón, Ana llevó a Lila a una habitación pequeña en el ala trasera de la mansión —un espacio olvidado, con paredes descascaradas, un suelo de madera gastado y una ventana que daba al jardín. La luz del atardecer filtraba entre las barras, iluminando el polvo en el aire. —No te preocupes —dijo Ana, colocando una manta gruesa en la cama de hierro—. Aquí estarás a salvo de sus miradas. Alejandro pasa por el ala principal, nunca viene por aquí.
Lila miró al jardín: