La noche se cerró sobre la mansión de los Reyes con una oscuridad densa, rota solo por las luces tenues de la habitación trasera donde Lila dormía. El susurro que había escuchado en la ventana seguía resonando en su cabeza: “Te espero en la sierra, curandera…” —voz rasgada, conocida pero desfigurada por el miedo. Se sentó en la cama, agarrando el cuchillo de su abuelo, y miró hacia el jardín: una figura oscura se movía entre los rosales marchitos antes de desaparecer en la noche.
Al día siguien