Aceptar las condiciones de Alistair Vance era, en esencia, firmar mi sentencia de muerte social. Pero mientras lo observaba allí, de pie en su inmensa cocina a las siete de la mañana, luciendo impecable incluso antes de su primer café, supe que no podía irme. No era solo por el sueldo, que era ridículamente alto; era por la forma en que Joseph se aferraba a mi pierna mientras yo preparaba el desayuno, como si tuviera miedo de que yo fuera un espejismo que desaparecía tras una fianza.
—Regla nú