El frío de Puerto Oscuro se filtró por las rendijas de la vieja casa de madera donde Catalina se había refugiado, su cuerpo temblando tanto por el dolor como por la rabia. Sus piernas, fracturadas en múltiples lugares, le dolían con cada movimiento, y la boca vacía le impedía hablar, solo dejándole emitir susurros guturales. Había caminado kilómetros a tientas, arrastrándose por calles oscuras, hasta encontrar ese rincón olvidado, alejado del imperio de la familia Cruz. El lirio sangriento que