El silencio de la cárcel de Puerto Oscuro se rompió solo con el crujir de las rejas y los susurros de los presos. Brennan Cruz estaba en una celda pequeña, sus manos manchadas de tinta —había pasado semanas escribiendo cartas a Catalina, cartas que nunca llegarían a sus manos. La luz del sol entraba por una pequeña ventana, iluminando el lirio seco que había conseguido de Marta, el mismo que Catalina había dejado en la mansión. Cada vez que lo miraba, recordaba el día de la boda, el dolor en su