El viaje de regreso a la capital fue un descenso al pasado. Elena conducía con la mandíbula tensa, mientras Sofía miraba por la ventanilla, viendo cómo los rascacielos reemplazaban la paz del mar. Al llegar a la mansión familiar, el impacto fue brutal: la fachada, antes cálida y llena de flores, ahora lucía un gris metálico. En la puerta principal, el escudo de armas de los Valente reemplazaba al de su padre.
—No es nuestra casa, Elena —susurró Sofía, bajando del auto con Mía de la mano—. Es su