La presencia de Vincenzo en la mansión era como una mancha de aceite negro: se extendía lentamente, ensuciándolo todo. El patriarca no había perdido el tiempo; en menos de doce horas, ya había instalado a su propio personal de seguridad, reemplazando a los hombres que Elena y Sofía conocían. La casa ya no era su refugio; era una jaula de oro bajo la vigilancia de un Valente de la vieja guardia.
La Prueba de Fuego (Parte 1)
Vincenzo no iba a esperar a que las heridas del sobreviviente sanaran pa