El Sumo Pontífice retrocedió, su daga ceremonial temblando en su mano mientras veía cómo su propia sombra se desprendía del suelo. Grim no era solo una mancha ahora; era una pesadilla viviente de colmillos y humo que rugía con la voz de mil lobos.
—¡Es una trampa de Valerik! —gritó el Pontífice—. ¡Matadla ahora!
Los guardias se lanzaron hacia la mesa de obsidiana, pero yo ya no era la presa. El dolor de la plata en mis muñecas llegó a su límite, y en lugar de apagarme, sirvió como el detonante.