El Capitolio no olía a carbón ni a tormenta. Olía a jazmín y a incienso caro, un perfume empalagoso que intentaba ocultar el hedor a corrupción que emanaba de sus paredes de mármol blanco. Me llevaron encadenada con grilletes de plata bendecida, atravesando pasillos adornados con estatuas de antiguos Alfas que parecían juzgarme con sus ojos de piedra.
Me arrojaron en una celda que, para cualquier otro, parecería una habitación de lujo. Había sábanas de seda y frutas frescas, pero las paredes vi