ELENA
Desperté con el sonido del crepitar de la madera en la chimenea. La habitación estaba en penumbra, bañada por un cálido resplandor anaranjado que contrastaba con el recuerdo del blanco cegador de la nieve. No estaba en mi cuarto. Las sábanas de seda gris y el aroma a sándalo y cuero no dejaban lugar a dudas: estaba en la cama de Alistair.
Intenté incorporarme, pero un pinchazo de dolor en mis rodillas quemadas por el frío me hizo soltar un quejido.
—No te muevas —una voz profunda y ron