ELENA
El aire de la ciudad se sentía diferente: pesado, lleno de ruido y expectativas. Al bajar del jet privado, la burbuja de la montaña estalló en mil pedazos. Alistair volvió a ponerse su armadura de grafito y sus gafas de sol, recuperando esa postura de hombre inalcanzable. Pero ahora yo sabía lo que había debajo de ese traje: el hombre que me había curado las heridas con una ternura que me desarmaba.
Llegamos a la mansión y, para mi sorpresa, no estábamos solos. Una mujer rubia, vestida